La gnosis de los arios y el judío del Demiurgo

 

En los siglos anteriores al inicio de nuestra Era las corrientes gnósticas se decantaron por la existencia de una guerra cósmica entre Luz y Tinieblas, entre el Dios de Amor y el Demiurgo maligno que regiría el mundo de la materia. El judaísmo habría venido a falsificar y vulgarizar lo que hasta entonces era una gnosis reservada a los iniciados, apropiándosela, adulterándola e invirtiéndola, sirviendo así al Demiurgo de este mundo, su “dios”.

 

En los primeros años del cristianismo, Lucifer era el título aplicado a Cristo (Portador de Luz). Más tarde, el catolicismo, es decir el judeo-cristianismo, según los libros de Isaías y demás, declaró “maligno” a Lucifer, como enemigo de Jehová. Una vez más, igual que hizo con todas las “historias” de su biblia, el judío se infiltraba en el conocimiento espiritual ario para convertirlo en una historieta judía. Nos encontramos así con que el Cristo gnóstico portador de Luz, Kristos-Lucifer, fue convertido en el Jesucristo judío de los cuatro evangelios “canónigos” del cristianismo oficial. El Jesucristo católico nos presenta un Cristo judaizado, invertido, terrestrizado y convertido en un judío histórico, hijo de Jehová y “descendiente de la casa de David”. Es la judaización del “mito” de Lucifer, según el uso judío de apropiarse, invertir y, en definitiva, convertir en historietas judías la tradición y el conocimiento ario.

 

En el S XII, en el mediodía de Francia, la secta de los cátaros o “hombres puros”, recoge la tradición gnóstica que atribuye al hombre tres naturalezas: el cuerpo, el alma y el espíritu. El cuerpo sería la residencia del alma y ésta es la morada del espíritu. Frente a la Iglesia romana, los cátaros rechazan el “Antiguo Testamento”, obra y adulteración de el judío y consideran a Cristo como un ser puramente espiritual. Conocemos sobre todo la herejía por sus detractores, ya que todos los escritos cátaros fueron quemados, y estos nos dan de ella un informe alterado por los cronistas de la época. No obstante, podemos extraer de ahí sus grandes principios. Su base la constituye el dualismo, que toma como texto de referencia el “Evangelio de san Juan”, considerado como el único auténtico, que destaca la oposición eterna entre dos principios: el bien y el mal. Así, en este mundo, hay un antagonismo entre la materia, que es debida al diablo o Demiurgo, y el espíritu, que procede de la divinidad, o Dios. Los cátaros, también llamados albigenses, atribuían al Demiurgo de este mundo el reino terrestre. Éste es el motivo por el cual, al fin de los tiempos, el mundo material será destruido, como está anunciado en el “Apocalipsis” o Revelación de san Juan y se instaurará el Reino del Espíritu Santo o del Cristo Cósmico, el Paráclito. Los cátaros creían que el fin del mundo iría acompañado de catástrofes cósmicas y que de esta forma la obra del mal sería definitivamente aniquilada. Todo lo que es transitorio sería obra del maligno: por este motivo san Juan lo había denominado Anticristo. En la antigua Persia, Zoroastro y Manes decían que el Dios de las Tinieblas (el Demiurgo), el Diablo maligno creador de la materia, había dado su Ley a Moisés, el mago malvado.

 

A este respecto se refiere también la fundadora de la Teosofía, Mme. Blavatsky, en su obra “Isis sin Velo” cuando dice: “¿Quién es el tentador?. ¿Satanás?. Es aquel genio tutelar que endureció el corazón del rey de Egipto, que infundió el maligno espíritu en Saúl, que envió mendaces mensajeros a los profetas e indujo a pecar al rey David. Es el bíblico dios de Israel.”

 

Según la ariosofía, la sangre de origen divino provendría de los neters (nephelin, dioses-hombres equivalentes a los annunakis sumerios). Ellos son los antepasados de la raza aria pura, el verdadero Pueblo Elegido y Divino. Este linaje divino, que el judío pretende destruir y usurpar, hunde sus raíces entre otros, en la antigua Summer y en Egipto. Siguiendo su rastro podemos remontarnos al IV milenio a.C. Nadie sabe el verdadero origen de las culturas sumeria y egipcia. Ambas estaban ya muy desarrolladas hace 6 mil años, pero no existen documentos para reconstruir su evolución anterior. ¿Cómo fue que en esos tiempos remotos, tan próximos a la prehistoria, habían logrado ya los asombrosos logros y la asombrosa sabiduría que prueban los restos arqueológicos?. Ellos serían los annunakis, es decir, “los que descendieron del cielo”, a quienes dichas civilizaciones atribuyeron el origen de su ciencia y de la estirpe regia y divina.

 

El judío, tal y como lo conocemos hoy en día, habría tenido su origen y fundamento en “magos negros” que inspirados por el Demonio Creador de este mundo y tras sellar un oscuro Pacto de sangre, crearon una “contra-religión”. La identidad de esta divinidad está personalizada en la figura de los Moloch, seres que exigen sangrientos sacrificios rituales y holocaustos. En definitiva, el culto a Jehová es la unificación religiosa del culto a Moloch en la figura del Dios Uno. La historia pretendida por el judío no habría existido en ninguna parte, y en ella, el judío pretendería que los textos de las tradiciones antiguas se refirieran a él, “pueblo elegido”, en sus historias, leyendas y conocimientos. Una total adulteración. La entidad con la que establecen su “Pacto de sangre y racista”, será identificada como el “Demiurgo”. A través del Pacto Satánico, El judío vendría a ser la proyección del Demiurgo y deberá conservar la vibración de su sangre, no mezclándose con las naciones en que se instale, para mantener la comunicación y comunión con “Él”. De esta forma podrá seguir siendo su servidor. Según Miguel Serrano, el Demiurgo ha establecido en el judaísmo una “religión racista de anti-raza”, “de modo que únicamente así la comunicación sea expedita y se cumpla la promesa que hiciera al judío de entregarle el dominio del mundo, junto con la destrucción de los divinos arios, de los últimos nephelin.

 

Después de analizar todos estos datos, parecería poder afirmarse que tras esta vasta conspiración mundialista, no se hallaría, como causa, tan sólo el caos, entendido como un caos fruto de la casualidad, la inercia de las cosas y el sin sentido. Así, excluida la casualidad, podríamos apreciar que los hilos de este mundo estarían siendo movidos con un propósito inconfesable y una intención maligna...